Des dels colors del calidoscopi

Puede parecer extraño, pero en nuestro torturado mundo aún queda quien es capaz de contemplar como si fuera una feria de colores, que no hay que confundir con la de las vanidades. En las obras que monta Rafael Egea (Manresa, 1962) no hay nada más que gozo por el cromatismo. El artista lo explica alegando que la luz que envolvió su infancia, los contrastantes reflejos ciudadanos producidos por los cromatizados metales modernos sometidos a vertiginosas velocidades y la alegría que desprenden los colores naturales que desde un inicio el hombre observó en su entorno –o que fue depositando en sus diferentes lugares de vida y habitación- determinaron aquel gozo y necesidad sentida de recoger todo ese esplendor y ofrecerlo en un espacio de exposición, como un paseo entre la luz y el color.

Todo es simple y sencillo. Nada nace de la reflexión calculada de lo que se ha hecho, ni de  cómo se puede proceder para exteriorizar los propios gozos, o de que vías ha de emprender la senda de la originalidad. La obra de Egea no nació de reflexiones minimalistas, ni de actitudes críticas ante el entorno. Sus planteamientos iban sin reservas; sólo deseaba encontrar un procedimiento que le permitiera pintar sin otro contenido que el gozo de la creatividad. Com Egea inocentemente comenta, tiene ganas de reproducir los cromatismos por él mismo porque le gusta aquel espejismo de formas y colores bellos que el caleidoscopio ofrece espontáneamente al ojo.

Sin otra formación que el impulso natural por manejar colores y el gusto para disponerlos sobre un espacio, ha creado tramados agradables y sugestivos que se imponen al ojo que observa y le invita a iniciar un juego para adivinar qué se esconde bajo tanto esplendor cromático y tanta variedad de combinaciones, siempre en un intenso campo de texturas que quieren ponerse de manifiesto para que se note la voluntad de que esos ámbitos han sido creados por un deseo y una nedesidad humana.

No se trata de decorativismo, porque la obra realizada jamás resulta estática, sino que se percibe a cada milimetro con la intención de que se capte como un juego formal nacido de una actitud premeditada, y provoca en el ojo y en la sensibilidad un interés creciente para recorrer sus vericuetos plásticos. Para alcanzarlo, Egea se ha dado cuenta de que su creatividad necesita de grandes espacios que no se agotan en si mismos, sino que continuarán hasta alcanzar efectos inesperados, pero siempre innovadores del caleidoscopio. Sin embargo, aquel producto del azar -que en él responde a una sensibilidad viva propia- no es gratuito y reclama una atención, después de la impresión bella, que incita a apropiarse al magma para interrogarlo tras la voluntad de su creador, eso sí, al margen de las tragedias humanas contempóraneas.

Ahí los cromatismos están en primer término para un juego activo y limpio de las percepciones y después, para que cada cual las enlace donde mejor le convengan. Algunos las propondrán para promover las indumentarias, otros para el inicio de un interiorismo activo. Puede haber quien se limite a quedarse con el estricto efecto pictórico. Luz, movimiento, vida es lo que persigue Egea con su actividad pictórica. Y se ha quedado en ellos, y es así porque cuando inició su necesidadde una siempre y llana alegría satisfacción, iba a caer en un dramatismo informalista que no formaba parte de su intención y que falsificaría la libre dinámica alcanzada de luz, color y gozo.

Desde los colores del caleidoscopio. ABC Cultural  P.32 –  Arnau Puig  ( 14 Septiembre 2002).